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lunes 29 de septiembre de 2008

El ValS de los BolOs

Tercera partida: Los trillizos
Bajo un gran árbol, quizá de cien años de edad, cuyas hojas mojaditas por las gotas de lluvia crean una singular sombrilla húmeda, se sientan tres hombres. Aurelio, Rafael y Sebastián fueron, son y serán muy buenos amigos, tres caminos, muy distintos entre sí, demasiado turbulentos y un poco sombríos, con amor, odio, familias diferentes, tíos y primos similares, padres ¿?, los tres comparten el secreto, ya no tan secreto, hacia un amor prohibido: el amor al alcohol en botellita.
Aurelio era un hombre fornido, alto como una puerta, nariz pequeña de cerdito y cabellera ondulada, rizos de tierra feroz, ojos de quetzal y cinco dientes menos, dos por mujeres y tres por nefastas caídas en la deliciosa torta de asfalto (seca), su gusto y amor por la bebida nace el día que prueba por primera vez el whisky en el bar Mi Casita, luego, por no tener el suficiente dinero para tan extraño placer inicia un recorrido por los misteriosos sabores de la bebida alternativa.
Por su parte Rafa, era un antiguo abuelo, viejo rabo verde, pequeñajo, con una cabellera de envidia, ojos hermosos de chocolate, un gesto amable, pero sacado a la calle por parte de su mujer, causa: 5 ml. del perfume más caro, despilfarrado en el estómago de tan necesitado ser, la excusa- todo es tú culpa, no me quisieron dar güaro, entonces me tomé esa edición especial de Poison, a ver si vale la pena pagar tan caro por tanta agua-, esa fue la gota que derramó el vaso, ante tan cínico comentario, su mujer hizo lo que cincuenta años atrás debió hacer, después de golpes, penas y tristezas, penas y enojos, penas y un diente menos, y muchos órganos extirpados. En la calle Rafael, dedicó su vida a encontrar a los que como él, fueron víctimas de la incomprensión.
Sebastián, era un muchacho guapetón, no tenía pasado, no tenía presente, únicamente era una masa moldeable según su conveniencia, desde pequeño había renunciado a la vida común, a los siete años huyó de casa con el pretexto de ir por tor-trix a la tienda, jamás regresó; a los diez años se hizo a un circo gitano, limpiaba a los animales, con los cuales aprendió que mientras más grandes más excremento sacaban, su conclusión era que los políticos, al igual que los animales, mientras más poderosos parecían más mierda sacaban (conclusión un poco avanzada para un niño pequeño, pero siempre leía el periódico, además, tenía una inteligencia superior y por su consumo excesivo de agua de coco, aprendió a leer las palabras del viento, de la tierra y de las lágrimas de los trabajadores asalariados que día a día pasaban por el circo. La palabra político la aprendió un día en la que leía grafitis en las paredes, luego con la lectura supo de esa extraña especie); a los 15 años, compró una bicicleta para recorrer su país, así conoció la tribu X-3, no triple equis, a la que abandonó años después, cuando despertó sobre el muelle de un puerto lejano, no tenía que comer, no tenía que beber, alguien le ofreció un poco de agua de mar y desde ahí perdió el control; se alimentaba de peces y bebía restos de un extraño líquido proveniente de frasquitos, encontrados detrás del hospital, donde se leía ALCOHOL ETÍLICO, no sabía a qué se refería con etílico, pero, ¿qué más da?, ya no había vuelta atrás.

Los tres hombres, un día se encontraron por azares del destino en el bar Mi Casita, todos se habían dado cita en dicho lugar para el etililco´s night, misteriosamente, sólo ellos tres eran fanáticos de tan exquisito y mortal líquido.
Se vieron, sonrieron y desde ese entonces no se separaron. Ahora se les observa caminando por las calles, riendo o alucinando, golpeándose o gritándole a la pequeña vendedora de caldo, o, como en tardes como hoy, sentados frente a la casa de San Pablito, bajo el árbol del infortunio, sobre la acera de las maravillas.