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sábado 27 de septiembre de 2008

En la Cárcel seca

No podía dormir, se encontraba parado justo al lado de una horrible pared. Miraba hacia arriba, a la ventana, ese pequeño cuadrado de 40 x 70 centímetros. Del otro lado estaba la libertad. Observaba como las estrellas brillaban y lo llamaban, le contaban de su familia que lo esperaba en su querido pueblo, le recordaban cuando era niño, ese correr por las calles de terracería, los juegos de escondite entre las milpas; de repente, se veía a sí mismo con los ojos cerrados sobre la verde hierba, tendría unos ocho años, deseando ser un ave para conocer el mundo. A los 16 era bachiller. Años más tarde viajó a la capital, donde conoció las drogas, el alcohol, el dinero y Migración. Trabajó muchos años en ese lugar, y durante un resto de tiempo permitió el paso de objetos, productos, personas e incluso una guacamaya de forma ilegal. Tuvo problemas con la ley, nada muy grave.
Ahora se arrepentía, pero, ¿de qué sirve arrepentirse de historias que ya pertenecían a capítulos pasados?; observaba a los demás mojados que se encontraban a su lado, todos amontonados en una celda: algunos dormían, otros lloraban, algunos morían. Él no quería morir, sabía que sus hermanos lo estaban buscando, sabía que su familia aún tenía esperanza de poder abrazarlo, quería llorar, quería reír, quería convertirse en mosca y no sólo sentirse como una, tan pequeño, tan humillado. El gobierno de los Estados Unidos de América, quería aplastarlo, no importaba que fuera parte de la mano de obra barata. Habían transcurrido once años, doce, el veintiuno de octubre. En su vida existían muchos por qués, pero ninguno pudo responderle lo que deseaba saber.
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Se había quedado dormido frente a la pared, al abrir los ojos nuevamente lloró, lloró por su mamá, por los frijolitos con tamalitos y el café dulce, lloró por las risas de sus siete hermanos, lloró por la familia que jamás pudo formar, lloró por la injusticia, la muerte del hombre por el hombre. A su lado un guardia irónicamente escuchaba la canción de Arjona, Mojado, casualmente escuchó que iba en su estrofa favorita:
Dijo adiós con una mueca disfrazada de sonrisa.
Y le suplico a su Dios crucificado en la repisa
el resguardo de los suyos.
Y perforo la frontera como pudo
Dios, pensó, se recordó de Él, tantas veces humillado antes de ser crucificado (según su religión, según lo que dijo el padre en la última misa a la que asistió horas antes de ser atrapado por la migra).
Tengo que salir de aquí, San Antonio, no va a tener la suerte de que me transforme en parte de sus cimientos.
Así, el tío Chino está perdido en algún lugar, donde el aire huele a mojado, en los ojos de sus compañeros de celda, existe el color de sus países de origen y las esperanzas poco a poco se esfuman con los vientos del huracán.