Partida exterior: Julieta y los Romeos
Romeo Andrés, Romeo Adrián y Romeo Rodrigo eran tres hermanos; pelirrojos (color extraño para el cabello de un chapín), bajitos, dientudos y con profundos ojos negros, eran hijos de Romeo, nieto del Alacrán. Romeo era un joven enamoradizo, tenía un atractivo y no era su físico, era un no sé qué en su voz. Iba todas las tardes al bar Mi Casita a cantar, con una guitarra desafinada, un par de pantalones de lona, botas y camisa de botones, era el estereotipo de un hombre del Oriente del país. En otros tiempos fue un bebedor sin comparación, le gustaba el vodka y la indita, la cusha y el tequila, no se complicaba, pero lo invitaron a una reunión con los Adventistas y decidió cambiar de vida y seguir al Señor.
Los Romeos vivían solos, porque la madre, Juana María del Arco y Galeros, había fallecido en un trágico accidente, aquel donde varias trabajadoras de la Maquila “El Chino Explotador”, murieron quemadas por falta de supervisión de las autoridades en una fuga de gas en las máquinas.
Vivían en una pequeña casa, que contaba solo con una cocinita, un comedor, un baño y un cuarto con tres camas, una para el padre y las otras dos donde se repartían Romeo Andrés, Romeo Adrián y Romeo Rodrigo. Un sábado se bañaron y se pusieron sus remendadas, pero limpias camisas, sus pantalones cutos, y sus brillantes botas, luego se dirigieron al culto. Y fue ahí donde Romeo padre la vio, tendría unos tres años menos que él, ojotes vivarachos y cabello colocho, era medio fea pero su voz borraba todo defecto en su ser. El corazón del hombre dejó de latir, sus manos se pusieron sudorosas y sus ojos se llenaron de lágrimas, porque ese sentimiento lo había experimentado únicamente con la madre de sus hijos. Al terminar el culto decidió ir a conversar un rato con ella mientras los niños jugaban al escondite con los hijos de otras familias. Se acercaba poco a poco y a medida que lo hacía una vocecita, llamada conciencia, lo hacía retroceder, pero calló la voz de su conciencia y continúo, alargó la mano para tocarle el hombro cuando el pastor se le adelantó y habló con la mujer. –Ya ves Julieta, con esa hermosa voz llegarás lejos, incluso a la capilla máxima adventista: El Adventistario- la chica sonrió y se sonrojó, luego se marchó.
Romeo la siguió con la vista, luego con todo su ser, pero nuevamente lo detuvo algo, ahora fue la imagen de una mujer medio fea que se encontraba en los brazos de un ciego. Se sentó un momento, el impacto de la imagen lo había dejado sin palabras, ese ciego era su primo Romeo Ronaldo, el primo desaparecido.
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